Durante siglos, la lana merina se convirtió en una de las materias primas más apreciadas de la Península Ibérica. La finura de sus fibras y la creciente demanda internacional contribuyeron a transformar la cría de ovejas y el comercio de la lana en una actividad de gran importancia económica para el Reino de Castilla.
Pero la historia de esta lana comienza mucho antes de su expansión por el mundo.
Los orígenes de una raza singular
El origen exacto de la raza merina sigue siendo objeto de investigación y debate histórico.
Una de las hipótesis relaciona su desarrollo con la introducción de ovinos provenientes del Norte de África durante la presencia musulmana en la Península Ibérica, concretamente a través de los benimerines.
Otros estudios apuntan a un proceso de selección y cruce de diferentes poblaciones ovinas a lo largo de varios siglos, incluyendo posibles influencias anteriores.
Independientemente de la interpretación adoptada, fue en la Península Ibérica donde la cría y la selección de los merinos adquirieron particular importancia histórica, dando lugar a una tradición que acabaría influyendo en la producción mundial de lana fina.
La Mesta y los caminos de la trashumancia
En 1273, durante el reinado de Alfonso X de Castilla, se instituyó el Honrado Concejo de la Mesta, una organización de propietarios de ganado que recibió protección y privilegios reales.
La Mesta desempeñó un papel importante en la organización de la actividad pastoril y en la defensa de los derechos de paso de los rebaños trashumantes.
Todos los años, numerosos rebaños recorrían largas distancias entre pastos de verano y de invierno, utilizando una extensa red de caminos pecuarios conocidos como cañadas reales.
Esta organización contribuyó al desarrollo de la economía de la lana, aunque los privilegios concedidos a la actividad pastoril también originaron conflictos con intereses agrícolas.
La lana podía viajar. Las ovejas, no siempre.
La creciente reputación de la lana merina hizo que los rebaños fueran especialmente valiosos.
Durante siglos, la salida de animales merinos de Castilla estuvo sujeta a fuertes restricciones, buscando preservar una importante ventaja económica.
La lana, por el contrario, era comercializada más allá de las fronteras y abastecía a centros de producción textil europeos.
Las restricciones a la exportación de animales no fueron, sin embargo, absolutas ni permanecieron inalteradas a lo largo del tiempo. Existieron excepciones y autorizaciones reales, particularmente a medida que otros países europeos buscaban desarrollar sus propios rebaños de lana fina.
De la Península Ibérica para el mundo
Durante el siglo XVIII, la circulación internacional de ovinos merinos se intensificó, incluyendo transferencias autorizadas a diferentes países europeos.
A partir de estas poblaciones, y mediante sucesivos programas de selección y cruce, se desarrollaron diversas líneas merinas fuera de la Península Ibérica.
Más tarde, la cría de merinos se expandió también a otros continentes, contribuyendo a transformar la producción mundial de lana.
Una herencia que permanece
La historia de la lana merina es también la historia de los pastores, los rebaños, los paisajes y el conocimiento transmitido entre generaciones.
Es esta conexión con la Península Ibérica la que DOM MERINO busca valorar: una materia prima natural con siglos de historia, que asociamos al saber hacer de la industria textil portuguesa.
Honrar el origen. Valorar la lana. Producir con cercanía.